UN NUEVO ESCENARIO (fragmento)
En el siglo pasado surgieron importantes cambios en la salud social.
Con la ayuda de la tecnología, la medicina eliminó una considerable cantidad de enfermedades infecciosas gracias al desarrollo de antibióticos, vacunas y mejoras en la higiene pública. Pero como resultado del desarrollo tecnológico también surgieron nuevos problemas de salud mucho más complicados.
Comenzando por el lado positivo, podemos decir que cada vez más personas en las sociedades industrializadas se alimentan gracias al incremento de volumen de producción de la agricultura comercializada. La expectativa de vida aumentó notablemente en la mayoría de los países desde comienzos del siglo XX. Sir Robert May, actual presidente de la Royal Society (la Academia Nacional de Ciencias del Reino Unido, fundada en 1660) y ex Consejero Científico en Jefe del gobierno británico
lo expresó del siguiente modo: “Actualmente la mayoría de las personas en todo el mundo vive más tiempo y se halla mejor alimentada que nunca”. Además, indica que “sin embargo, estos beneficios tienen, entre otros, costos ambientales”.
Tales “costos ambientales” son los responsables del drástico deterioro de la salud. El desarrollo tecnológico que ha favorecido el aumento de la expectativa de vida es un arma de doble filo. Si bien la cantidad de enfermedades infecciosas se redujo considerablemente, las afecciones degenerativas crónicas como la obesidad, el cáncer, las enfermedades cardíacas, la diabetes y varios problemas menos definidos como la fatiga y el déficit cognitivo aumentan a una velocidad alarmante.
Si bien hoy en día al momento del nacimiento la expectativa de vida es mayor, el aumento en la cantidad de años de vida de aquellos que superaron la infancia no ha sido tan significativo: una persona de 50 años en 1900 podía esperar vivir unos 21,3 años más. Para 1998, las personas promedio de 50 años podían esperar vivir unos 29,8 años. La marcada diferencia entre la mejora de la expectativa de vida y la cantidad real de años de vida se debe a que, en 1900, el 13 por ciento de los niños en los Estados Unidos moría antes de cumplir el primer año de vida. En la actualidad, ese número no supera el 1 por ciento gracias a una mayor eficiencia en la prevención y el tratamiento de las enfermedades infecciosas.
Con sólo observar las causas principales de muerte en los últimos 100 años, se comienza a comprender mejor la naturaleza de los desafíos de la salud en la actualidad. En los Estados Unidos, en 1900, el cáncer era responsable del 3,3 por ciento de las muertes. Actualmente esa cifra se ha elevado al 25 por ciento. La muerte por enfermedades cardíacas en 1900 era de 14,2 por ciento. Hoy en día, ese tipo de afecciones es responsable del 33 por ciento de las muertes. Al observar las causas de
muerte en Chile durante los mismos años, en el período anterior casi la mitad de las muertes, 46,6 por ciento, ocurrieron como resultado de diversas enfermedades infecciosas, mientras que un número relativamente pequeño de muertes, 14,8 por ciento, fueron atribuidas al cáncer y a enfermedades cardiovasculares. Sin embargo, para 1999 la situación había cambiado completamente. La cifra de muertes causadas por enfermedades infecciosas había caído al 20,9 por ciento, mientras que la cantidad
de fallecimientos por cáncer o enfermedades cardiovasculares se había elevado al 53,2 por ciento. Este modelo estadístico es típico de las sociedades industrializadas y refleja el impacto de los cambios ambientales ocurridos durante el siglo pasado.
A pesar de que algunos expertos consideran que es el aumento de la cantidad de años de vida en sí mismo el que genera esas enfermedades degenerativas, en varias culturas donde se vive muchos años, incluso más que en los Estados Unidos, la incidencia de tales desórdenes es considerablemente inferior. Coincidentemente, estas culturas han mantenido, en gran medida, la alimentación autóctona. Tal es el caso de Japón, Francia y otros países mediterráneos. Existen incluso informes que indican que el promedio de años de vida de los Hunzas del este de Pakistán es de 120, así como también el de los aborígenes Vilkabaumba, los Titicacas de Sudamérica y otros, donde prácticamente no existe impacto de la tecnología.
Estados Unidos es el país más avanzado del mundo en términos tecnológicos y también el que más gasta en asistencia médica: cerca del 15 por ciento del producto bruto interno (PBI), es decir, aproximadamente US$ 1 billón por año. Aun así, no es en Estados Unidos donde existe la mayor expectativa de vida, ni tampoco sus ciudadanos cuentan
con la menor incidencia de cáncer, enfermedades cardíacas, obesidad o diabetes.
De hecho, Estados Unidos es el líder mundial entre los principales países en cuanto a la cantidad de problemas relacionados con el peso; se estima que el 67 por ciento de los adultos padece estos problemas. El único país que excede el índice de obesidad de los estadounidenses es un pequeño país del Pacífico Sur (Samoa). En la actualidad
los niños estadounidenses están más obesos que nunca. Según un estudio publicado en diciembre de 2001 en la JAMA (Journal of the American Medical Association), por el Dr. Richards Strauss de la Facultad de Medicina Robert Wood Johnson, y Harold Pollack de la Universidad de Michigan, el 22 por ciento de los niños afro-americanos
e hispanos, y el 12 por ciento de los niños de raza blanca, con una edad promedio entre 4 y 12 años, tienen sobrepeso. Esto representa un alarmante aumento del 50 por ciento a lo largo de los 12 años anteriores.
Más de 16 millones de estadounidenses sufren también de diabetes, y otros 10 millones tienen un alto riesgo de desarrollar esa enfermedad. El 95 por ciento de estos casos son del tipo “diabetes del adulto”. En esta forma de la enfermedad, las células insulares del páncreas producen cantidades insuficientes de insulina, o bien las células musculares
que necesitan la insulina para transportar la glucosa dentro de sí mismas para poder convertirla en energía, se vuelven insensibles a la insulina que se produce. Ambas causas están relacionadas con el sobrepeso y las deficiencias inmunológicas. La diabetes y la obesidad están tan interrelacionadas que el Dr. David Heber, director del Centro
de Nutrición Humana de la UCLA, se refiere al síndrome combinado como “diabesidad”. El costo de los tratamientos contra la diabetes que debe pagar el sistema de salud de los Estados Unidos es superior a US$ 100 mil millones al año.
Si se tienen en cuenta estas estadísticas no se puede evitar llegar a la conclusión de que varios factores del estilo de vida, especialmente los hábitos alimenticios, tienen un rol fundamental en la incidencia de tales desórdenes. Esto no es novedad. Sin embargo, lo que resulta novedoso es que ahora se aprecia la profundidad del impacto y que la tecnología para determinar la mejor dieta posible para cualquier individuo
está disponible en la actualidad bajo la forma de un innovador test de laboratorio. Este test determina la respuesta específica y genética del sistema inmunológico de cada individuo ante factores alimenticios, así como también ante sustancias químicas, fármacos y otras sustancias. |